miércoles, abril 15

La sobremedicalización de la vida: un riesgo para la salud pública

Celia Iriart, socióloga, docente, investigadora y doctora en Salud Colectiva, visitó Santa Fe para disertar en la Defensoría de Niños, Niñas y Adolescentes sobre la medicalización. En diálogo con El Litoral, la especialista abordó cómo este fenómeno, que abarca todas las etapas de la vida, se intensificó con la entrada del capital financiero en el sistema sanitario, llevando a la individualización de los problemas y a una creciente dependencia de fármacos. Iriart enfatizó la urgencia de agruparse como sociedad y recuperar el vínculo médico-paciente para afrontar los desafíos de este modelo hegemónico.

El origen de la medicalización y el rol del capital financiero

Iriart remonta el origen de la intensificación de la medicalización a la década del ’90, con la irrupción del capital financiero en el sistema de salud. «El Trastorno de Déficit de Atención (TDAH) lo tomé como un catalizador de estas transformaciones,» explicó, refiriéndose a un artículo que escribió en 2012 sobre biomedicalización. Este cambio generó una individualización de las problemáticas, concibiendo la salud como una responsabilidad personal. Las grandes corporaciones, al notar que no ganarían el mercado como antes, buscaron alcanzar directamente al usuario, no solo a los enfermos sino también a los sanos. Así, condiciones como la diabetes, hipertensión, colesterol y salud mental vieron «disparadas» sus prevalencias, y las definiciones de enfermedades se expandieron para abarcar a más personas, incluyendo diagnósticos de autismo o TDAH, transformando el riesgo en una patología.

La lógica de los costos y la expansión de la medicalización

La especialista aclaró que «hay medicamentos sumamente necesarios y muy buenos», pero cuestionó que sus costos no se condicen con la realidad de la producción ni con la investigación y el desarrollo. Lamentó que muchos fármacos, desarrollados con financiamiento público, sean luego comercializados por grandes laboratorios a «cifras siderales». A esto se suma la proliferación de medicamentos iatrogénicos, es decir, aquellos que generan efectos secundarios que requieren, a su vez, nuevos tratamientos.
Iriart puntualizó que el concepto de medicalización no es nuevo, existiendo desde los años ’50 y definiéndose con mayor claridad en los ’70 con la apropiación de procesos naturales como el embarazo, el parto y el envejecimiento. «El envejecimiento ya no es un proceso natural, sino que tiene que ser mirado, atendido y controlado por especialistas,» afirmó, sintetizando cómo la medicalización implica la apropiación de procesos vitales normales por el cuerpo médico, que se autoproclama autoridad para dictar qué hacer.

De la medicalización a la biomedicalización: el paciente como demandante

Iriart diferenció el concepto de biomedicalización, explicando que implica una transferencia del proceso a los propios usuarios. «En las publicidades se describen signos y síntomas que uno enseguida reconoce como propios,» ejemplificó, recordando sus observaciones en Estados Unidos en los años ’90, donde la televisión promovía medicamentos bajo prescripción para condiciones serias como la depresión. Esta estrategia «educa» al potencial paciente para que, al consultar al médico, demande una medicación específica. «El médico, con tiempos restringidos, prescribía el medicamento porque explicar que hay que buscar la respuesta por otro lado requiere tiempo y porque la población, si no recibe la respuesta que espera, recurre a otro profesional,» señaló Iriart.
Este esquema se replica con fuerza en las infancias, donde la difusión de cuestionarios entre familias y educadores lleva a la demanda de intervenciones frente a niños «inquietos» o que «molestan». El resultado, según Iriart, es que «empiezan a diagnosticarlo y etiquetarlo profesionales sin formación específica en esta materia».

La presión del modelo tecno-asistencial y las infancias «etiquetadas»

Al preguntar sobre la perspectiva de los médicos, Iriart abordó el «modelo tecno-asistencial», hegemónico y liderado por Estados Unidos, que impone una «medicina de la evidencia» con protocolos y atención personalizada. «Es muy difícil para los propios médicos salirse de esto y mirar desde una perspectiva más amplia,» reconoció, alertando sobre la influencia de los intereses comerciales. «Siempre les decía a mis alumnos que antes de leer un artículo científico miren quién pagó esa investigación,» subrayó, enfatizando la necesidad de una mirada crítica.
En las infancias, este fenómeno es particularmente preocupante. «Se los etiqueta porque, si bien la legislación individualizada asegura atención, el niño termina siendo esa patología,» explicó. La sociedad ha construido una «normalidad» que exige niños productivos y homogéneos, aptos para cumplir con estándares. Aquellos que se desvían de esta norma son considerados «problemáticos». Esta lógica ha llevado a que el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM), herramienta clave para diagnosticar la salud mental, haya expandido exponencialmente sus categorías, abarcando cada vez más «posibilidades» de patología.

Más allá del síntoma: un problema social y cultural

Iriart reconoció la existencia de problemas reales de salud mental en niños y adolescentes, pero enfatizó que «el problema no es biológico». Criticó la tendencia a plantearlo como un desequilibrio que se soluciona con una pastilla, la cual «apaga todo interés de ese niño por otras cosas» y conlleva riesgos. Sugirió que, con una atención diferente y observando sus necesidades, los niños podrían encauzarse de otra manera.
A pesar del modelo anglosajón hegemónico, la socióloga destacó la existencia de otros enfoques, como los practicados en comunidades indígenas y latinoamericanas. Para Iriart, el fondo de la cuestión es un problema social que «no se quiere ver». «Es más tranquilizador decir que la escuela tiene un problema,» ejemplificó, cuestionando una educación que no se actualiza frente a niños con enormes estímulos. Las familias, agobiadas por la incertidumbre del futuro y el estrés cotidiano, a menudo optan por mantener a los niños «quietos frente a una pantalla» en lugar de generar actividades conjuntas. «Lo que trato de demostrar es que esto no es un proceso biológico o molecular,» concluyó, advirtiendo sobre la creciente percepción del ser humano como un «cuerpo-máquina» susceptible a pruebas que definen futuros problemas.

La urgencia de agruparse y recuperar el vínculo

Ante este panorama, Iriart hizo un llamado a la acción. «Creo que hay que empezar a agruparse porque solos no podemos hacer nada,» afirmó, contrapuesta a la tendencia a individualizar los problemas, presentándolos como médico-biológicos y resolubles con una «pastilla mágica». Desarticular esta lógica, si bien requiere tiempo, exige la creación de movimientos desde asociaciones profesionales serias y, crucialmente, desde el periodismo, para desmitificar estas posturas.
La especialista insistió en la necesidad de «volver a prácticas en las que se establece un vínculo con la otra persona», donde el otro potencie la capacidad vital del paciente. Criticó que, en la actualidad, los médicos, abrumados por la falta de tiempo y la precarización, a menudo se limitan a indicar medicamentos sin conocer al paciente, resultando en una «gigantesca» cantidad de fármacos consumidos a lo largo de la vida. El objetivo, aclaró, no es renegar de la medicina, sino recuperar un enfoque humanizado donde la prescripción sea verdaderamente necesaria y contextualizada.